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Libro del mes // abril 2010 Luis del Castillo formó parte del grupo de españoles, como el Marqués de Almodóvar o Gabriel de Aristizabal, entrado el siglo XVIII, que fueron enviados por mandato real a países de los confines de Europa al objeto de mejorar los escasos lazos establecidos hasta la fecha y explorar las posibilidades de mejora de las relaciones diplomáticas y de negocios. Se trataba de un hombre ilustrado, que fue a San Petersburgo pensionado por Carlos IV “para aprender las lenguas Francesa, Alemana y Rusa”. A su vuelta, en 1792, redactó el Compendio con las enseñanzas adquiridas en Rusia y con la ayuda de los mejores autores rusos y alemanes. La primera parte de su libro elabora una síntesis de la historia de Rusia y la segunda se interesa por su estado contemporáneo; su lectura, precisa el autor, había de redundar en una mejora de las relaciones comerciales, muy necesaria, pues no llegaban a San Petersburgo más de una quincena de barcos españoles y “en el año de 1791 salieron solo del puerto de Petersburgo más de quarenta navíos de diferentes Naciones para varios puertos de España” –p.77-. El libro había sido escrito para mejorar el comercio con Rusia y con el deseo de que los marinos españoles se ejercitasen en los alejados mares del norte de Europa, aguas que desconocían casi por completo. Por estos motivos, el autor consideró necesario instruir a sus lectores sobre el emplazamiento y extensión del Imperio zarista, su clima, población, monedas, pesos, medidas... No evita incluir su opinión sobre la lengua rusa “muy rica, elegante y armoniosa”, el sentimiento religioso de los rusos que “aunque son supersticiosos, son mucho más rigurosos y exactos en guardar los preceptos de su religión, que ningún Pueblo Católico –p.96- o la liturgia y objetos de culto: “no tienen ningúna imagen de vulto, sino todas pinturas, con particularidad la de la Virgen”. Su actitud ilustrada se advierte también en la descripción de las ceremonias más solemnes y en la admiración que muestra sobre San Petersburgo, la nueva capital y residencia de la corte, con la catedral de San Isaac inconclusa y el monasterio de Alexander Nevsky aún lejos de la ciudad, ciudad de la que habla de manera pormemorizada. Sus elogios alcanzan al rio Neva, “uno de los más hermosos y caudalosos”, objeto de diversión irresistible para los petersburgueses durante todo el año. Elogios sobre el Neva que compartirían los españoles que visitaron la ciudad con posterioridad. Miguel Cortés Arrese
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