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Libro del mes // agosto 2010 Diego Hidalgo Durán, nacido en Los Santos de Maimona en 1886, licenciado en Derecho, notario por oposición desde 1911, intelectual y político que llegaría a ser ministro de la Guerra durante la Segunda República, mostró interés por el desarrollo del socialismo en la Unión Soviética y viajó hasta allí en 1928: para conocer de cerca sus problemas y conquistas. Sería uno de los cofundadores, en 1933, de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Contribuyeron a su interés por la URSS, la lectura del libro de Álvarez del Vayo -¿La nueva Rusia?-, que le impresionó favorablemente y el artículo sobre el Código Civil de los Soviets, publicado por el catedrático Pérez Serrano: “fue verdaderamente lo que colmó mi curiosidad”. En realidad, el verdadero objetivo de su viaje era “estudiar el Derecho privado de los Soviets, las relaciones contractuales, la familia, la propiedad, el Derecho mercantil, la legislación notarial”-p.27-. Tuvo que salvar los obstáculos burocráticos ya conocidos, le acompañó M. Covez, su antiguo profesor de francés, ante su dificultad con los idiomas, y llevó consigo “quinina, heno de frutas, tintura de yodo, tafetán y agua de Colonia”, que no necesitaría. Algunas banderas rojas, un retrato de Lenin y un escudo de los Soviets les dieron la bienvenida al llegar el tren a Niegoreloie y el Gran Hotel les acogió en Moscú: con trazas de un moderno palacio señorial, ubicado en los aledaños de la Plaza Roja, pleno de clientes a causa del centenario de Tolstói. Los dos viajeros se dispusieron a recorrer la ciudad; advirtieron que los bolcheviques tenían un gran sentido de la propaganda y del misticismo, al haber convertido a la Plaza Roja en un templo cubierto por el firmamento y a la tumba de Lenin en el altar del culto nuevo: “una verdadera caja de madera oscura, sin un adorno, de lineas rectangulares y de una simetría y sencillez de escenario estudiado”. Las calles alejadas del centro seguían contando con palacios e innumerables iglesias y tropezaron con muchos popes, “de mugrientos trajes talares y sombrero seglar”. De la mano de Ibáñez, un obrero español que vivía en Moscú desde 1924 y hablaba bien el ruso, se trasladaron a la iglesia del Salvador y desde el exterior de la cúpula divisaron una magnífica vista de la ciudad: “Moscú está todo a nuestros pies con sus miles de iglesias doradas y refulgentes; con el Kremlin en el centro, y con el gran río Moscova, anchó y verde, que serpentea por entre la ciudad”, -p. 89-. Topó Hidalgo con el periodista Álvarez del Vayo, que participaba en los actos del centenario del nacimiento de Tolstói y trabó contacto con el mundo del teatro y otros ámbitos de la vida cultural revolucionaria; sin olvidar el cometido que le había llevado a la Unión Soviética, sobre el que se extiende en el libro e ilustró a los miembros del Colegio Notarial de Madrid en la conferencia que pronunció el 12 de noviembre de 1928 y que llevaba por título: “Organización y
régimen del Notariado en la Rusia de los Soviets”. “Después me acomodo a la ventanilla, y los últimos reflejos del sol, próximo a desaparecer, iluminan todavía las torres doradas de las iglesias de Moscú, de este Moscú que quien sabe si volveré a ver más”. Miguel Cortés Arrese
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