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Libro del mes // Mayo 2009: El matemático y escritor inglés Charles Lutwidge Dogson, más conocido como Lewis Carroll, a la edad de 35 años, en el verano de 1867, viajó a Europa Central y a Rusia en compañía del reverendo Henry Liddon: sus impresiones quedaron recogidas en su Diario de un viaje a Rusia, un textoque permaneció inédito hasta 1935. La lectura del Diario permite conocer la verdadera personalidad de Dogson al conjugar aspectos tan dispares como la religiosidad, el espíritu crítico e irónico del autor, la sencillez, la sensualidad, la exquisitez y la receptividad. El conocimiento que tenía Dogson de las lenguas clásicas, del francés y alemán, su buena disposición para retener algunas palabras rusas y la ayuda de un diccionario bilingüe, le permitió desenvolverse con soltura en Rusia y establecer conversaciones muy interesantes con aquellas personas que encontró a su paso. Dogson mantuvo un buen trato con las altas dignidades eclesiásticas y de la nobleza que le recibieron y acompañaron durante su estancia en Rusia. Las clases subalternas, sin embargo, no respondieron a sus expectativas y su opinión acerca de ellas es desfavorable. En San Petersburgo y Moscú visitó iglesias y monasterios y asistió a innumerables ceremonias religiosas como la bendición de las aguas del río Moscova, el 13 de agosto —pp. 90-91—. En su relato, describe minuciosamente la indumentaria de los oficiantes, la complejidad de los ritos, los magníficos efectos escénicos y la música sagrada. Y se muestra respetuoso con todos los credos rusos, a pesar de que era protestante, por el fervor religioso que le había inculcado desde joven su padre, el archidiácono Dogson. La fascinación por todas las manifestaciones artísticas llevó al autor a visitar los museos de las ciudades en las que estuvo. El que más le agradó y al que volvió en varias ocasiones fue el Ermitage, donde le llamó la atención una “marisma” de la que no cita su autoría pero que, a tenor de su descripción, puede atribuirse al pintor ucraniano Ivan Aivazovsky, contemporáneo de Dogson. El texto finaliza con el regreso de ambos desde San Petersburgo a Inglaterra, pasando por Varsovia y Alemania hasta llegar a Calais, donde tomaron el último barco. Un retorno que narró con gran entusiasmo por la satisfacción que le había producido su primer y único viaje al extranjero y la alegría que sentía por llegar de nuevo a su país natal: “Permanecí en la proa durante casi toda la travesía hablando a ratos con el marinero vigía; otras veces contemplando, en esta última hora de mi primer viaje al extranjero, las luces de Dover, que lentamente se ampliaban sobre el horizonte, como si el viejo país estuviese abriendo los brazos para recibir a los hijos que volvían al hogar” —p- 123— Sonia Morales Cano
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