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Libro del mes // mayo 2010 Juan Ibero, seudónimo con el que se conoce al escritor asturiano Juan Antonio López Vázquez, dedicó buena parte de su vida a viajar por África, Asia y Europa, impulsado por el deseo de conocer otras lenguas y culturas. Con esa intención se desplazó a Rusia y fijó su residencia en San Petersburgo, desde 1909 hasta 1912. Durante ese tiempo, tuvo la oportunidad de visitar iglesias y museos, frecuentar tabernas, participar en fiestas, asistir a representaciones teatrales, presenciar bodas y funerales, conocer a personas de todas las clases sociales. Y, además, se trasladó a Finlandia, por aquél entonces bajo el dominio ruso. Ocho años después de regresar a España, publicó las impresiones de su periplo en Cuentos de la tierra que fué de los Zares. El libro, organizado en seis capítulos, fechados en San Petersburgo, entre mayo y octubre de 1911, lejos de lo que pueda sugerir el título, está muy bien documentado: ofrece datos interesantes sobre la historia, la literatura, la política, la religión, el arte, las costumbres, la topografía y, en definitiva, la sociedad rusa de época de Nicolás II. El autor, unas veces en primera persona y, otras, a través de poetas, nobles e indigentes narra, de una forma amena, cercana y original, la realidad que atravesaba el país tan sólo cuatro años antes de su llegada, a consecuencia de la guerra ruso-japonesa. Quizá esa sea la causa principal del tono pesimista y, en cierto modo crítico, que prevalece en el texto. Ya en el primer capítulo, después de expresar la satisfacción que le produjo a su llegada, contemplar la grandeza de la ciudad, presenta a Sonia: era una joven petersburguesa, hija de una canciller del Estado que, a pesar de su posición social privilegiada, estaba sumida en una profunda tristeza a consecuencia de la indigencia en la que vivía buena parte de la población; incluso, habla de una “epidemia” para referirse a las decenas de suicidios que se producían en Rusia a diario “después de los quebrantos y desengaños políticos de los últimos tiempos de su heroica historia” –p. 100–. En el apartado que dedica a León Tolstoy –pp. 229-241–, utiliza las enseñanzas y reflexiones del célebre novelista ruso para proclamar la irracionalidad de las contiendas bélicas, las condiciones deplorables a las que tiene que hacer frente la población durante y después del estallido y la falta de escrúpulos de los gobernantes que no las evitan. Como contrapunto a esa situación, Juan Ibero dedica el último capítulo a describir, por medio de un poeta llamado Latinus, la grandeza de una fiesta organizada por las cuatro hijas del Zar en el “palacio de Zargrado”. Al final de la obra, el autor se muestra optimista: piensa que de esas jóvenes depende el cambio porque, en el fondo, sufren “con las crueles amarguras de no poder ayudar a los hombres a construir el Templo, donde los pecados del amor y del odio habían de ser borrados por el bautismo de la Concordia” –p. 266–.
Sonia Morales Cano
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