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Nacido en 1822 en Santa Cruz de Mudela –Ciudad Real-, Máximo Laguna Villanueva se graduó en la Escuela de Montes en 1851, Escuela de la que llegaría a ser director veinte años más tarde.Estudió los efectos de las minas de Río Tinto en la vegetación del entorno, participó de manera activa en las controversias científicas europeas, defendiendo el naturalismo forestal, y fue reconocido oficialmente por su estudio Flora forestal española, considerada su obra maestra. Fue comisionado por la reina Isabel II para que viajase durante el verano de 1864 por Austria y Rusia, al objeto de estudiar “el estado y adelantos hechos en la enseñanza de la ciencia de montes en aquellos países, extendiendo sus investigaciones al de la Administración general del ramo en las mismas, y al del cultivo y aprovechamiento de los terrenos esteparios” –p. 5-; y a su regreso debía enviar una memoria al Ministerio de Fomento, el uno de setiembre, con el resultado de sus estudios e investigaciones. Visitó en Austria la Escuela Real e Imperial de Mariabruun y dio cuenta de los otros establecimientos que tenían por objeto la enseñanza forestal en Hungría, Bohemia, Moravia y Croacia.Dejó Berlín camino de San Petersburgo el 29 de junio, sufrió un control minucioso a su paso por la frontera, entre Eidkuhnen y Wierzbolov, y se adentró en un paisaje de grandes llanos “mal cultivados en general, cubiertos con frecuencia de pantanos, turberas y bosques” –p.89-. Llegó a la ciudad de Pedro el Grande tres días después, al anochecer, y a pesar de su completa ignorancia del idioma ruso, del poco tiempo disponible y las especiales condiciones de aquel inmenso Imperio, pudo disfrutar del encanto de las noches sin sombra de la capital, de la dulce claridad que bañaba todos los objetos y la apacible quietud en las horas de descanso diario. Recorrió sus calles y plazas y alentado por su formación científica, no pudo menos que recordar cómo fueron transformados aquellos solitarios pantanos de la desembocadura del Neva en una de las más grandes y opulentas ciudades del mundo. Se trasladó más tarde a Moscú, la ciudad santa, “más asiática que europea”, recuperada ya de la horrible catástrofe de 1812, y la contempló desde el afamado “Cerro de los gorriones”. No descuidó en absoluto el motivo de su visita por lo que inspeccionó la Escuela forestal de San Petersburgo y viajó hasta Lissinov, “una isla en un mar de bosques”, donde impartía sus enseñanzas la Escuela práctica. Ambas las describe con detalle y buen criterio, sin olvidarse de los Planes de estudio. A su vuelta recomendaría a las autoridades públicas que prestasen mayor atención a la conservación de los montes españoles, como lo hacían en el norte de Europa, por su importancia física y económica.Pero no añoraba en su informe la monotonía de aquellas despobladas llanuras al recordar la riqueza y variedad de los “cerros y barrancos, hoces y gollizos de nuestra Sierra-Morena, donde, en media hectárea de extensión, pueden á veces contarse por decenas las plantas leñosas y por cientos las herbáceas”. Miguel Cortés Arrese
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