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LA RUSIA QUE VIERON LAS VIAJERAS FRANCESAS |
En el siglo XVIII Francia se convirtió en el foco cultural de toda Europa. Las ideas ilustradas se extendieron rápidamente, y Rusia no fue una excepción. Los rusos se interesaron cada vez más por esta nación. Este fenómeno fue reciproco, ya que los franceses también empezaron a sentirse atraídos por Rusia y el número de viajeros que la visitaron aumentó considerablemente: Artistas en busca de trabajo, exiliados políticos, personas interesadas en el devenir de la política rusa, científicos o simples curiosos. Todos ellos recorrieron el Imperio de los zares desde el siglo XVIII en adelante (1).
La primera mujer francesa en escribir un relato de viajes fue Madame d’Aulnoy, que recorrió España entre 1679 y 1681. Después de ella, hubo muchas otras que viajaron y consideraron sus vivencias dignas de ser conocidas por los demás (2). Algunas de ellas tuvieron como destino la entonces desconocida Rusia. Una de las primeras mujeres en visitar este país, no dejó un relato de su viaje, pero lo conocemos gracias a otras fuentes (3). Se trata de Marie Anne Collot Falconet (4), que vivió en San Petersburgo desde 1766 hasta 1778. Ella fue a Rusia acompañando a su maestro, Etienne Maurice Falconet, que había sido llamado a la Corte de San Petersburgo por Catalina II, para realizar la escultura ecuestre de Pedro I. La joven escultora destacó pronto por su talento como retratista, aparte de ayudar a su maestro tuvo, una carrera independiente y gozó del favor de la Emperatriz, quien la tenía en gran estima.
Durante estos años realizó bustos de algunos de los personajes de la Corte rusa, incluyendo a Catalina II. También hizo retratos de algunos franceses celebres como Diderot, Voltaire y su propio maestro. Debemos a sus manos la cabeza de la escultura de Pedro I que su maestro tenía dificultades para realizar (5).
Vigée-Lebrun y madame de Staël. Dos exiliadas políticas en Rusia
En ocasiones, el desencadenante de un viaje es el exilio por razones políticas, este fue el caso de Louise Elisabeth Vigée-Lebrun (6) y Anne-Louise Germaine Necker, más conocida como madame de Staël. La primera era una exitosa pintora que había llegado a trabajar para la reina María Antonieta. El 5 de octubre de 1789, los revolucionarios asaltaron su casa. La pintora no sufrió ningún daño, pero comprendió que no le iban a perdonar haber sido la pintora de la reina. Pocos días después abandonó Paris con su hija, dejando atrás todo lo que tenía.
En principio recorrió algunas ciudades europeas, como Roma, Nápoles o Viena; en todas ellas recibió encargos para realizar retratos de la nobleza. No entraba en sus planes viajar a Rusia, pero algunos nobles procedentes de este país, le comunicaron los deseos de la Emperatriz Catalina II de tenerla en su Corte. Finalmente el embajador Ruso le hablo de Catalina II y ella sintió el deseo de conocerla (7). Los motivos del viaje a Rusia de madame de Staël (8), fueron parecidos. Era hija de Jacques Necker, banquero y ministro de Luis XVI. Desde muy joven demostró un gran talento para la literatura y la política. Napoleón Bonaparte la consideró peligrosa para sus ambiciones y este fue el motivo de su exilio. Viajó a Rusia en 1812, pero antes estuvo en Suiza, Alemania y Austria.
Vigée-Lebrun llegó a San Petersburgo el 25 de Julio de 1795. Lo primero que vio a su llegada fueron los jardines de Peterhof, decorados con kioscos y puentes. Al contemplar la ciudad le pareció estar en los tiempos de Agamenón por la grandeza de sus monumentos y por la forma de vestir de sus habitantes. Los sólidos muelles del Neva, hechos de granitos, llamaron poderosamente su atención. También admiró la belleza de este río y de los edificios de los alrededores, que se reflejaban en sus límpidas aguas. Entre ellos mencionó la Academia de Bellas Artes y la Academia de las Ciencias, que le recordaban a los templos antiguos (9). El primer edificio había sido construido por Kokorinov y Vallin de la Mothe de 1764 a 1788 y el segundo por Giacomo Quarenghi de 1783 a 1789, ambos en un estilo clasicista (10).
Vigée Lebrun fue recibida por Catalina II en Tsarkoie Selo, su residencia de verano. La Emperatriz se mostró contenta de tenerla en su Corte y le dijo que su fama la precedía. Ordenó que alojaran a la artista allí mismo, pero el aposentador no lo hizo porque temía que pudiese influir políticamente en la Emperatriz. La pintora no estaba interesada en esos asuntos y en los años que estuvo en San Petersburgo nunca se mezclo en ellos. Frecuentó a la nobleza cortesana entre la cual era muy popular. La propia Vigée-Lebrun cuenta que los domingos abría su taller al público y lo visitaba mucha gente, porque estaba enfrente del Palacio Real (11).
Uno de los lugares favoritos de la pintora eran los jardines de Tsarkoi Selo, donde solía ir a pasear:
«Yo iba a menudo a pasear por Tsarkoi Selo, cuyo parque, bordeado por el mar, es una de las más bellas cosas que se puedan ver, está lleno de monumentos que la emperatriz llamaba sus caprichos. Allí vemos soberbios puentes al estilo de Palladio; baños turcos, los trofeos de las victorias de Romazoff y Orloff; un templo con treinta y dos columnas, además la columnata y la gran escalera de Hércules» (12).
Vigée-Lebrun describió a Catalina II como una gran soberana que había hecho grandes cosas por su nación y como una amante de las artes, creadora de El Hermitage y la Academia de Bellas Artes. La artista estaba en San Petersburgo cuando la Emperatriz murió. Presenció sus honras fúnebres y la subida al trono de su heredero Pablo I (13). Bajo el nuevo emperador, Vigée-Lebrun siguió gozando del favor de la Corte, tanto que en junio de 1800 fue recibida como miembro de la Academia de Bellas Artes de San Petersburgo. También presenció la muerte de Pablo I en marzo de 1801 y la subida al trono de la emperatriz Elizabeth. Poco después la pintora comenzó a tener problemas de salud y decidió dejar Rusia en busca de un clima más benigno (14).
Madame de Stäel llegó a Rusia en 1812, diez años después de que Vigée-Lebrun se marchara. La situación que encontró la escritora era muy diferente a la que había conocido su compatriota. Napoleón había conquistado media Europa y sus tropas habían penetrado en territorio ruso con la misma intención. El camino que iba a San Petersburgo estaba bloqueado, así que tuvo que ir primero a Moscú pasando antes por Kiev. Desde lejos esta ciudad le pareció un campamento de los tártaros, en medio del cual se elevan palacios de piedra y sobre todo iglesias, coronadas por cúpulas verdes y doradas que brillaban con el sol (15).
Después llegó a Moscú, donde las cúpulas doradas de sus iglesias, anunciaban la ciudad desde lejos. Allí tenían cabida diferentes tipos de edificios: cabañas, casas, palacios y un bazar. Todas las razas y costumbres de la inmensa Rusia se concentraban en esta ciudad. Los grandes señores utilizaban sus fortunas para construir suntuosos palacios. La autora visitó algunas de estas mansiones, como el palacio Rozamouski, que contenía una bella colección de plantas y minerales; también fue a la casa de campo del conde Rostopkchin, a la que él mismo prendió fuego poco antes de la llegada de las tropas francesas (16).
Moscú le pareció la Roma de Oriente, por el gran número iglesias que poseía. En ellas se manifestaba el gusto por el lujo del pueblo ruso; estos templos le trasmitían a la autora más que las catedrales góticas europeas. Las ceremonias ortodoxas le parecieron conmovedoras, vio en sus ritos algo de poético y las iglesias llenas de oro joyas e incienso, parecían pertenecer a otro mundo. Exteriormente eran de aspecto oriental, pero constituían la máxima manifestación de la importancia que daban los rusos a la fe.
Staël también visitó el Kremlin, la fortaleza de los zares, donde pudo contemplar todo tipo de riquezas. Hizo referencia a otros edificios, como la Casa de los niños expósitos y los hospitales de la ciudad. La autora quedó maravillada por la atrayente belleza de Moscú, donde sólo se podía posar la mirada sobre riquezas. No dejaba de pensar que iba a ser invadida por Napoleón, y no se imaginó que un mes después, esa magnifica urbe quedaría reducida a cenizas (17). La última parada de Staël en Rusia fue San Petersburgo, visitó la ciudad con la intención de reunirse con el Zar Alejandro I. La autora no escatimó elogios a la hora de describirla:
«La ciudad más bella del mundo, donde todas las maravillas de oriente y de Europa salen del desierto como por arte de magia» (18).
San Petersburgo era la prueba de la fuerza de la voluntad Rusa, ya que Pedro I la levantó de la nada en muy poco tiempo, en un terreno pantanoso donde era muy difícil la construcción. Le llamó la atención la escultura ecuestre de este soberano, en la que se podía leer una inscripción que rezaba: “Para Pedro I de Catalina II” (19). Tampoco dejó de mencionar los muelles del Neva, ni la catedral de Nuestra Señora de Kazán. Según la autora este templo había sido construido a semejanza del Vaticano, cosa que la decepcionó, pues ella prefería las iglesias de aspecto bizantino. También visitó el convento de Alejandro Nevski, consagrado a uno de los héroes de Rusia (20).
Antes de partir para Suecia, se entrevistó con el zar Alejandro I y le previno de la importancia de luchar contra Napoleón. Staël se fue satisfecha porque vio que a pesar de su juventud, el Zar tenía la firme determinación de recuperar su Imperio. La visión general que se llevó la autora de Rusia fue muy positiva, tanto por la belleza de las ciudades como por su sistema de gobierno. El único defecto que vio, fue la poca presencia de las clases medias, que son las que hacen progresar a los estados. Para ella el pueblo ruso no vivía en la pobreza y la servidumbre no era algo negativo (21).
El periplo de dos artistas francesas en Rusia.
A partir del siglo XVIII, fue muy común que artistas de todas las nacionalidades europeas, fuesen a Rusia en busca de trabajo en los teatros de Moscú y San Petersburgo. Nos vamos a centrar en dos de estas viajeras, que por circunstancia se vieron envueltas en situaciones difíciles.
La primera de ellas, Louise Fusil (22), era cantante. En un momento de su carrera tuvo problemas económicos y emprendió una gira por Europa que la llevó Rusia. Fusil llegó a San Petersburgo en 1806. Para ella esta era la ciudad más bonita que había visto en un país extranjero. Admiraba la belleza de sus palacios, los muelles del Neva y la estatua de Pedro I. Pero lo que más la impresionó, fue una fiesta que presenció en Peterhof. La artista la definió como una comedia fantástica, donde la naturaleza viene en ayuda del arte. En ella se unían elementos naturales, como grutas y cascadas, con iluminación artificial, cuerpos de Ballet venidos de San Petersburgo y los niños de la escuela de danza disfrazados de ninfas y faunos (23).
En 1807 se fue a Moscú, porque no encontraba trabajo en San Petersburgo y allí se convirtió en la cantante de moda. En 1911 visitó el Kremlin, y cuando volvió a su casa hizo una lista de todo lo que había visto, cosa de la que luego se alegró, porque meses después ardió toda la ciudad. En el tesoro del Kremlin vio todo tipo de riquezas: vasos de jaspe, cálices de oro, hábitos de pope enriquecidos con piedras preciosas. En la iglesia de San Pedro vio las tumbas de los zares y al lado de la iglesia el antiguo palacio de los patriarcas. En el palacio de los zares vio los vestidos de los soberanos anteriores: Catalina I, Elizabeth I, la Emperatriz Ana, Pedro I y Pedro II. También unas botas con clavos, que Pedro I se ponía para la ceremonia de la bendición de las aguas y el manto de ceremonia de Catalina II. Allí había otros objetos valiosos, como la armadura completa de Alejandro Nevski, candelabros de oro y las coronas de Siberia, Astracán y Kazán (24).
El 11 de agosto de 1812 la autora volvía de un viaje por el Volga. Cuando llegó a Moscú los nobles estaban llevándose las riquezas del Kremlin (25) fuera de la ciudad y la gente hablaba de que la iban a incendiar cuando llegaran las tropas francesas. Fusil intentó ver a la Emperatriz madre que era alemana como ella, para pedirle un salvoconducto y abandonar Rusia, pero como fue imposible buscó un refugio seguro dentro de la ciudad. Un palacio construido de piedra en un barrio aislado, lejos del lugar por el que suponían que iban a entrar las tropas francesas. Poco después de la entrada de Napoleón en Moscú, le prendieron fuego a la ciudad con bombas incendiarias (26).
No había víveres y por las calles se veían soldados borrachos saqueando edificios. Napoleón pidió a los artistas que quedaban en la Moscú que representasen comedias. A Fusil le pareció una broma porque una ciudad asolada no era el lugar más idóneo para el teatro, pero iba en serio. Aprovechando lo poco que tenía y un teatro que aun estaba en pie, representaron algunas piezas. Un día mientras arreglaba un vestido para el teatro, un oficial le advirtió que las tropas iban a abandonar la ciudad y si no iba con ellos sería victima de las llamas. Mucha gente no tenía caballos para viajar, pero Fusil consiguió que un oficial de ordenanza la llevase en su calesa.
La huída fue difícil, sin apenas comida, sin tiempo para que los caballos descansaran y con las tropas cosacas persiguiéndolos. Fusil pensaba todas las mañanas que ese día sería el último de su vida (27). Algunas veces tuvo la tentación de esperar a los soldados rusos, porque ella conocía a todos los oficiales del ejercito y sabia que la ayudarían, pero no lo hizo porque los que los perseguían eran destacamentos de cosacos, donde no solía haber oficiales. Muchos murieron en el camino, pero Fusil consiguió llegar a Vilna el 9 de diciembre. Poco después los rusos entraron a la ciudad. Algunos oficiales le ofrecieron ir a San Petersburgo para trabajar como institutriz, pero ella prefirió volver a Francia para calmar a su familia (28).
Lise Cristiani (29) era otra artista que también decidió ir a Rusia, pero no tuvo tanta suerte como Fusil. Lise era una reputada violonchelista y en 1848 fue a San Petersburgo a probar fortuna. Desgraciadamente llegó a la Corte rusa en una época de duelo en la que no había conciertos. Ante esta situación Lise decidió realizar una gira por Siberia, acompañada tan sólo por una ayudante de cámara rusa, un viejo pianista alemán y su Stradivarius.
La primera ciudad de Siberia en la que se detuvo fue Irkutsk, situada en la confluencia de tres ríos. Era la segunda ciudad más importante de la región después de Tobolsk y tenía 20.000 habitantes entre los que había una comunidad de alemanes. Había casi tantas iglesias como casas y contaba con un importante convento de monjas. En Irkutsk también había un teatro, pero ante la ausencia de actores, eran los propios habitantes de la ciudad quienes participaban en las funciones. Allí conoció al general Mouravieff, con el que viajaría de allí en adelante.
Desde Irkutsk fueron a Kiancha, para lo cual tuvieron que cruzar el lago Baikal, cuya navegación era peligrosa. Esta ciudad, la mejor descrita por Lise Cristiani, era la última antes de la frontera con China. Un punto estratégico de comercio entre los dos imperios, lo cual se notaba en su configuración:
«Una explanada cerrada separa las dos ciudades; del lado ruso hay una puerta a la europea con un cuerpo de guardia, del lado chino una bella puerta en su estilo de arquitectura, con inscripciones y figuras mitológicas. Cuando entramos en Maï-Ma Tchin, nos sorprendimos de la diferencia de aspecto que ofrece una ciudad china comparada a las nuestras» (30).
La mayoría de la población de la Kiancha era china (31), y llamaban a su parte de la ciudad Maï-Ma Tchin. Lise estaba entusiasmada con la idea de encontrarse con otra cultura, y si los chinos se lo permitieran, a ella le habría gustado viajar hasta Pekín. Se quedó sorprendida por lo diferentes que eran los edificios y las extrañas divinidades de los chinos. La artista y sus compañeros fueron invitados a cenar por un cargo importante de la ciudad china. Cristiani tuvo la oportunidad de ver el interior de una casa y de conocer sus costumbres y su gastronomía. Las casas chinas eran muy agradables y de muy buen gusto, pero encontró la comida demasiado especiada para una occidental. Después visitó el templo que le pareció una de las cosas mas originales y remarcables que había encontrado en sus viajes. En la ciudad también había un teatro, donde Lise asistió a una representación. Lo que más le gustó de ella fueron los trajes de los actores, ya que su forma de actuar no le gustó y la música que acompañaba a la obra le pareció espantosa (32).
Tras dejar Kiancha pasaron un tiempo con los buriates (33), entre ellos pudo conocer los juegos tradicionales mongoles, como el tiro con arco, la lucha o las carreras a pie y a caballo. Con otra tribu visitó uno de los principales templos budistas de los mongoles. Estaba construido en madera, y se dividía en tres partes, un peristilo, el santuario que contenía las imágenes y los altares de los sacrificios. Allí escuchó los himnos sagrados de los monjes y le parecieron similares a nuestros cantos de iglesia. Sin embargo la música instrumental no fue en absoluto de su gusto, ya que la describe como una sinfonía diabólica ejecutada con instrumentos imposibles (34).
Después de su estancia con las tribus, cruzaron de nuevo el lago Baikal y volvieron a Irkoutsk, donde llegaron hacia el final de octubre de 1848. El 15 de mayo de 1849 Cristiani reanudó su viaje muy animada, ya que estaba convencida de que iba a completar la originalidad de su vida de artista. Ella seguía viajando con el general Mourawieff, quien le dijo que el objetivo de aquel viaje era llegar hasta la desembocadura del Amur para tomar posesión de esas tierras en nombre del gobierno ruso. Lise se lo tomo con sentido del humor, porque le parecía divertido ver a una francesa tocando el violonchelo participar en la conquista de la desembocadura del Amur, sobre todo si hacia falta disparar el cañón (35).
Viajaron navegando por el río Lena y el 21 de junio llegaron a Yarskutsk, desde allí fueron a visitar la fortaleza de Drowski. Después de un difícil viaje por terrenos pantanosos y caminos en mal estado. En julio llegaron a Okhotsk, donde los esperaba un barco que los llevó a Petropaulowki, en la región de Kamtschatka al noroeste de Asia. Esta ciudad era la capital y tenía unos 4.000 habitantes. Su puerto era una obra de arte de la naturaleza. Allí se podía encontrar todo lo necesario para llevar una vida cómoda y la temperatura no descendía a menos de quince grados en invierno. Sólo pasaron aquí tres días y después regresaron. Necesitaron cincuenta días de travesía para llegar a Ayane, cerca de la desembocadura del Amur y desde allí volvieron a Okhotsk (36).
Ya habían cumplido su cometido y querían volver a Yarkutsk, pero para ello tenían que realizar un duro viaje en caballo hasta el río Mai, un afluente del río Aldan que a su vez lo era del Lena. El tiempo ya había empeorado y tuvieron que hacer el trayecto por un terreno difícil, con una capa de nieve hasta las rodillas y en medio de ventiscas y tormentas de granizo (37). Cuando llegó a la región de Yakutsk el buen humor que tenía al principio se fue apagando y su correspondencia se volvió cada vez más sombría:
«Esta eterna mortaja de nieve que me rodea ha terminado por darme escalofríos en el corazón.
Acabo de recorre mas de tres mil verstas de llanura sin descanso, nada, nada, nada mas que la nieve, la nieve caída, la nieve que cae, la nieve que caerá […] Mi alma ha terminado por dejarse envolver en esta sabana de muerto» (38).
A pesar de las circunstancias adversas llegaron a su destino, puesto que en enero de 1850 estaba en Kaz´nn. En septiembre de 1553 Lise escribió a sus amigos desde una pequeña ciudad del Cáucaso llamada Vlady-Kaafat. En su carta decía que su viaje había durado un año y veinticinco días, había visitado 15 ciudades en Siberia y atravesado mas de cuatrocientos ríos, pequeños o grandes. Tocó su violonchelo en sitios donde ningún artista había jamás llegado. Había dado unos 40 conciertos sin contar los privados. Pero el balance de su temeraria aventura no era bueno:
«Piedra que rueda no coge musgo, dice un viejo proverbio; yo he verificado por mi misma la exactitud de este refrán. Tengo la muerte en el alma, estoy tan feliz como un guijarro en medio de una tempestad, mis dolores crecen y mis fuerzas disminuye» (39).
A finales de ese mes llegó a Novo Tcherkask, capital de la provincia de los Cosacos del Don, allí contrajo el Cólera, y debido al estado en que se encontraba no pudo luchar contra la enfermedad. Murió el día 24 de septiembre. A su familia le enviaron un dibujo de su tumba que los habitantes de la ciudad le habían levantado por suscripción (40).
El viaje a Rusia y el feminismo
El feminismo no fue un motivo en si mismo por el que emprender un viaje a Rusia, pero si era una característica presente en algunas de las viajeras que a lo largo del siglo XIX, visitaron el Imperio de los zares. Este es el caso de dos mujeres que a pesar de ser muy diferentes, compartían el ideal de la igualdad entre sexos. Una de ellas era la sansimonista, Susanne Voilquin (41). La otra era una escritora que puso su pluma al servicio de la lucha por la igualdad de géneros, Olympe Audouart (42).
Para Voilquin fue muy duro vivir en Rusia, a causa del clima que agravaba su enfermedad y le provocaba muchos dolores. Viajó a este país porque creía que allí le sería más fácil ejercer su profesión e incluso la medicina. No tuvo mucho éxito porque no hablaba ruso y ya había muchas comadronas en San Petersburgo. Allí vivió nueve años, durante los cuales le escribía a su hermana contándole los pormenores de su vida. En estas cartas no se detuvo a describir los edificios de la ciudad, tan sólo hizo referencia a algunos de sus lugares favoritos: Los alrededores de la iglesia de San Isaac, finalizada en 1858 y diseñada por el arquitecto francés Montferran (43), la plaza y el puente del mismo nombre, la plaza del Palacio de Invierno, la plaza de L’Amirauté, y la escultura de Pedro I (44).
Una de las cosas que más llamaron la atención a Voilquin, fueron las ceremonias religiosas. En primer lugar habló de la fiesta de la Resurrección, día en el que los hombres se besan diciendo: “Hermano Cristo a resucitado”, costumbre a la que no escapaba ni el Zar (45). Pero sobretodo la que más espectacular le pareció fue la bendición de las aguas del Neva:
«Enfrente del Palacio de Invierno, en el medio del río helado, elevan un pequeño templo octogonal con el pájaro de Espíritu Santo […]
Justo al medio día se lanza una salva de artillería que anuncia el principio de la ceremonia. Sale del palacio el arzobispo metropolitano, el alto clero, los popes de diversas iglesias, revestidos de sus más ricos ornamentos. Un momento después aparece el emperador, los jóvenes grandes duques seguidos de las altas dignidades de la corona […]
Se ponen alrededor de la abertura del agua y el arzobispo entona los rezos rituales y los sacerdotes cantan con los cantores de la capilla imperial. En este momento el arzobispo extiende sus mano sobre el río, una de ellas sostiene la gran cruz pastoral, la sumerge tres veces en el río pronunciando la formula de la bendición. La muchedumbre asistente se prosterna y también el emperador flexiona la rodilla y sólo se levanta para coger la copa que le da el metropolitano, el zar se moja los labios y la hace pasar a los que están a su alrededor. La costumbre establecida hace que la copa vuelva llena de monedas de oro a su punto de partida» (46).
Cuando terminaba la ceremonia todo el mundo se acercaba al agujero para lavarse o coger agua con la que purifican su casa, incluso la empleaban para curar enfermedades. Lan noches blancas también merecieron la atención de la autora, pero lo que más preocupaba a Suzanne Voilquin era la situación del pueblo ruso. Lamentó terriblemente la servidumbre y la opresión a la que este se veía sometido, llegando a decir que al pueblo ruso le harían falta 100 años y una revolución sangrienta para liberarse de la carga que oprimía su inteligencia. No iba muy desencaminada puesto que la revolución que derrocó al zarismo tuvo lugar en 1917 (47).
Olympe Audouar, escritora y feminista, estuvo en Rusia en 1870. Escribe un libro sobre su viaje titulado Las noches Rusas, ya que dice que en San Petersburgo se hacía la vida por la noche, es cuando tenían lugar los teatro, las fiestas y las reuniones sociales. En su relato se ve una gran preocupación por los mas desfavorecidos, por los siervos y por el pueblo ruso, que era tan pobre que tenían que recurrir al alcohol para soportar el frío, porque no tenían ropas de abrigo ni buena alimentación. Algunos vivían en la parte baja de la ciudad y cuando el Neva crecía morían en las inundaciones. Aun así la autora era optimista respecto a Rusia ya que creía que en el futuro este país junto con Estados Unidos, sería la potencia hegemónica del mundo (48).
La escritora quedó maravillada ante las noches blancas o noches soleadas, que tienen lugar del 1 de junio al 15 de julio:
«Disfrutamos de un espectáculo extraño y sobrecogedor: el sol se hunde en el mar entre el norte y el noroeste, pero deja tras el una larga estela de destellos, una cola brillante que basta para iluminar la tierra. Sale la luna y une su luz pálida a esos resplandores rojos y esos rayos unidos de los dos astros hasta entonces rivales, forman una luz sombreada y espectral; los monumentos, los árboles está dibujados secamente y netamente sin estar; es dibujo, pero no pintura, la magia de los colores falta» (49).
El aspecto general de San Petersburgo no le gustó demasiado, la describe como una llanura cortada por el agua donde se ha construido sin control, chozas al lado de palacios, cabaret, monumentos inmensos y fabricas, todo dispuesto al azar. Pero dice que hay que disculpar a San Petersburgo porque mientras otras ciudades europeas han tenido siglos para embellecerse, San Petersburgo, sólo había tenido 169 años. A pesar de esto en su recorrido por la ciudad encontró muchos monumentos que eran de su agrado. En ellos reinaba el estilo bizantino y las copias de la antigua Grecia.
El primero que describió es la Fortaleza de Pedro y Pablo (50), que encerraba a los presos políticos. En este mismo edificio reposan los zares muertos después de Pedro I. Estaba siempre cerrada y sólo era visitable la iglesia. Cerca de allí estaba la casa donde vivió Pedro I mientras se construía San Petersburgo, era una modesta cabaña de madera que se había convertido en una capilla donde acudía la gente a rezar.
Los dos mejores monumentos de la ciudad para ella son La iglesia de San Isaac y el convento de Alexander Nevski (51). Este último era remarcable sobre todo por su grandiosidad, la belleza de su iglesia y la riqueza de la tumba del santo. La iglesia de San Isaac le recordó al Panteón. El interior esta decorado con profusión, como es normal en las iglesias ortodoxas, sobre todo destacaba el dorado y también los iconos, que eran muy venerados.
También mencionó el Almirantazgo, que fue construido por Elizabeth I y en 1839 se quemó, siendo restaurado un año después. Su interior estaba ricamente decorado. Admiró las colecciones de arte del Hermitage, el Palacio de Invierno y su plaza, donde se encuentra la columna de Alejandro. No muy lejos estaba el Senado y al otro lado del río, la Bolsa. La iglesia de Kazán le pareció un bonito templo griego, pero lo que más categoría daba a San Petersburgo eran los muelles del Neva (52).
Por último hizo unos apuntes sobre la situación de la mujer en Rusia. En la ciudad había muchas obras de caridad fundadas por mujeres de la nobleza. También le llama la atención una escuela de medicina para mujeres, donde en tres años las alumnas obtenían el título de comadrona, aunque ella hizo hincapié en que en realidad estudiaban lo mismo que un médico. Después eran enviadas a trabajar en hospitales o a zonas rurales. Para la autora esta era la demostración de que la mente femenina podía aprender todo tipo de cosas, al menos si se le daba la oportunidad como ella misma reclamó en sus obras (53).
Viajeras en Rusia antes de la Revolución de Octubre
La revolución bolchevique de 1917 cambió el orden establecido en Rusia para siempre. Derrocó el régimen zarista y con el la ideología que había dominado Rusia durante siglos. A partir de entonces todo fue diferente, desde la organización social hasta el arte y el panorama de las ciudades. Las viajeras que estudiaremos a continuación fueron unas de las últimas que tuvieron la oportunidad de conocer el Imperio de los zares.
Madame Stanislas-Meunier (54) viajó a Rusia con su marido y su hija en 1897 para asistir al Congreso Internacional de Geología, que se celebraba en San Petersburgo. Fueron invitados por el Zar Alejandro III (55). Pasaron en esta ciudad una semana, que fue el tiempo que duró el congreso. Allí vieron los lugares típicos de la ciudad, asistieron a una misa en la iglesia de San Isaac con sus muros cubiertos de oro y de mosaicos. Fueron a Peterhof, al Hermitage y a la iglesia de San Pedro y San Pablo.
Cuando finalizaron las sesiones del congreso, casi todos los participantes viajaron a Moscú. Todos sus edificios eran antiguos, palacios e iglesias bizantinas y chinas. Sólo había dos edificios recientes: la iglesia del Salvador, construida en acción de gracias por la derrota de Napoleón, y un arco de triunfo erigido en la carretera de Smolensk, por donde se retiraron los franceses. También visitaron el museo Tretiakof y el Kremlin, donde se mezclaban las arquitecturas gótica, bizantina, árabe y del extremo oriente. Visitaron la iglesia de San Miguel, y la catedral de la Asunción de la Virgen. En las dos Stanislas-Meunier admiró su suntuosa decoración (56).
La siguiente escala en su viaje fue Nijni-Novgorod, donde vio la famosa feria que se celebraba en la ciudad. El viaje estaba organizado por el congreso con el objetivo de practicar la geología. A partir de aquí siguieron navegando en un barco llamado princesa Xenia. Pasaron por Kazán, pero no visitaron la ciudad porque estaban teniendo una navegación muy mala. En su descenso por el Volga no describió muchas ciudades, ya que la mayoría de las paradas se realizaban en lugares desiertos para practicar la geología. Quizá la ciudad que mejor describió fué Petcherskoié, un núcleo urbano poblado de casitas grises, con una iglesia coronada por una cúpula verde y molinos de viento. Tras abandonar el barco siguieron viajando en tren, pasaron por Astrakan, Azov y siguieron avanzando hacia el sur hasta llegar a Georgia y Armenia (57). En el primer país visitaron Mtskhet, donde vieron la catedral, construida en el siglo XV. Después permanecieron cuatro días en Tiflis, esta ciudad tenía una parte europea, pero lo asiático estaba presente en todos sitios. Ya en Armenia, visitaron un convento cerca de Etchmiatzine y después se dirigieron a Erevan una ciudad oriental, donde vieron un zoco, varias mezquitas y el palacio Sardars. Para terminar su viaje subieron al monte Ararat, uno de los más singulares de la tierra (58).
Thérèse Blanc (59), una escritora y traductora de novelistas americanos visitó Rusia sólo cuatro años después que Stanislas-Meunier. Blanc tenía una amiga rusa que había conocido en Paris en sus tiempos de estudiante. Esta mujer, cuyo nombre no conocemos porque la autora no quería ocasionarle problemas, había heredado unas tierras. Conmovida por la dura situación en la que vivían los antiguos siervos, decidió hacer lo posible para mejorar sus vidas. Construir una escuela, un hospital y enseñarles las nuevas técnicas de la agricultura. Dieciocho años después, en 1901, Thérèse Blanc decidió ir a visitarla para conocer sus logros en tan difícil empresa. Estas tierras estaban en algún lugar de Ucrania que la autora no especificó. Su amiga había conseguido muchos de sus objetivos, pero aún tenía problemas con algunos malos hábitos de los campesinos, como el alcoholismo. Sin embargo muchos sabían leer, tenían una doctora que los atendía, y se interesaban por las enseñanzas sobre agricultura (60).
Tras visitar a su amiga, viajó por tres ciudades ucranianas: Kiev, Kharkov y Poltava. Kiev era la ciudad madre de toda Rusia (61). Describió con todo detalle su lavra, a la que todos los años llegaban peregrinos de toda Rusia para la fiesta de la Asunción. La lavra también servía como residencia del clero metropolitano y como seminario. Era la más rica y la más antigua de Rusia, se remontaba al primer metropolitano Hilarión. Antiguamente los monjes vivían en grutas, pero esto ya no se hacía. Dentro de la lavra estaba la catedral de la Asunción, donde se preparaban los aceites para la sacralización de los emperadores (62). Tras conocer la lavra, se dirigió a la iglesia de Santa Sofía, que le recordaba a la de Constantinopla. Su interior estaba decorado con mosaicos y conservaba algunos de los frescos más antiguos de Rusia (63).
Cuando dejó Kiev visitó Kharkov, una ciudad industrial, la tercera más importante de Ucrania. La siguiente parada fue Poltaba, donde visitó el monasterio de la exaltación de la cruz y la casa donde Pedro el Grande se refugió después de la batalla que lleva el nombre de la ciudad. No muy lejos de allí estaba lugar donde se libró dicha batalla. A modo de conmemoración se había levantado una capilla de cinco cúpulas, donde se veneraba la imagen de la virgen de las tres manos, una copia de la que se guardaba en el Monte Atos (64).
Finalmente se dirigió a Crimea a visitar a Tolstoi, que estaba allí retirado porque aquel clima era mejor para su salud. Hizo un recorrido por esta región y visitó algunas ciudades como Sebastopol y Quersoneso, antigua capital de una provincia bizantina y lugar del bautismo de San Vladimir. Su última parada fue Yalta, una ciudad donde los rusos iban a tomar baños de mar, para Blanc era la Niza de Crimea. Allí visitó a Tolstoi, al cual admiraba mucho. Vivía en una villa construida entre viñedos junto al mar. La autora lamentaba que Tolstoi tuviera tan poca influencia en su país y de que lo hubiesen excomulgado a pesar de sus profundas creencias cristianas (65).
Sólo seis años antes de la Revolución de Octubre, Juliette Adam viajo a Rusia (66). Escritora y política, se autodefinía como eslavófila. Ella veía a Rusia como el estado ideal, donde no percibió ni la pobreza ni el totalitarismo del que otras viajeras hablaron, cuando viajó a Rusia ya había cambiado su ideología republicana de juventud por el más tenaz conservadurismo. Pensaba que sería útil un acercamiento de Francia a Rusia para fortalecer su posición frente Alemania. Conocía bien el Imperio de los zares, puesto que lo había visitado en 1882, pero fue este segundo viaje el que nos relató en su obra Impresiones Francesas en Rusia.
En San Petersburgo visitó una iglesia consagrada a Alejandro II, construida en el mismo lugar en el que había sido asesinado con una bomba, hecho que la autora lamentaba profundamente. Se refería a la catedral de la Resurrección o de la sangre derramada. Desde allí se dirigió a Kiev, la primera ciudad cristiana de Rusia. Allí rememoró la conversión al cristianismo de Santa Olga, abuela de San Vladimir, que habría convencido a su nieto para abrazar la fe cristiana. Antes de volver a Moscú visitó Nijni-Novgorod y conoció su famosa feria. Desde Moscú emprendió un viaje hasta Sebastopol (67). De camino a Crimea pasó por Tula, que había sido reconstruida por Pedro I, después de que los tártaros de Crimea y de la Horda de Oro la arrasaran. También pasó por Bielgorod y por Alexandrovsk, donde cogió un tren que la llevó a Sebastopol. Por su aspecto, podría ser una ciudad de la Costa Azul. Fue a pasear por el cementerio francés, mientras evocaba la Guerra de Crimea (68) y mencionó la iglesia de San Pablo, y la de San Vladimir. Su siguiente parada fue Quersoneso, donde se mezclaban las antigüedades griegas, romanas y bizantinas. La nueva catedral de San Vladimir, levantada en el lugar donde fue bautizado este príncipe ruso, le gustó mucho, era de estilo bizantino y su interior estaba decorado con pinturas.
El último lugar que visitó en Crimea fue Yalta, desde allí volvió a Sebastopol para emprender su viaje de retorno hacia Moscú. Antes de partir, visitó la iglesia de los colonos franceses, San Luís de los Franceses, que ardió cuando Napoleón tomó la ciudad y había sido reconstruida. Antes de regresar a Francia asistió a la inauguración del museo de Tolstoi (69), coincidiendo con el aniversario de su muerte. Se trataba de cinco salas en el museo de historia donde se exponían manuscritos del autor y su correspondencia. La autora era contraria a la doctrina de Tolstoi, al contrario de Thérèse Blanc, estaba convencida de que sus ideas eran perjudiciales para el pueblo Ruso (70).
A modo de conclusión
Las viajeras que recorrieron Rusia durante los siglos XVIII y XIX, sólo tienen en común que todas jugaban un papel relevante en la sociedad de su tiempo. Por lo demás eran muy diferentes y esto se ve reflejado en sus relatos, sobre todo a la hora de valorar la situación de la sociedad rusa. Voilquin criticaba duramente la situación en la que vivía el pueblo, pero en el extremo opuesto Juliette Adam y Madame de Staël, eran admiradoras y fieles defensoras de Rusia y del zarismo. Las ciudades más visitadas eran Moscú y San Petersburgo, seguidas de Kiev y Nijni- Novgorod. Algunas de estas viajeras se aventuraron por regiones remotas, como la intrépida Lise Cristiani, que recorrió Siberia durante varios años, o Stanislas- Meunier, que llegó hasta Georgia y Armenia.
Las diferencias entre los relatos desaparecen al evocar las ciudades y las obras de arte que estas viajeras contemplaron. Todas las que visitaron Moscú y San Petersburgo, quedaron maravilladas por la magnificencia de estas dos ciudades tan diferentes. Sus edificios son los más descritos por las viajeras. Entre los más mencionados se encuentran los muelles del Neva y el Kremlin de Moscú. Pero lo que más atraía la atención de estas mujeres era el colorido de las cúpulas de las iglesias y el brillo del oro y los mosaicos que decoraban sus muros. Las espectaculares ceremonias de la iglesia ortodoxa no fueron del gusto de algunas de ellas, pero despertaron la curiosidad de todas las que tuvieron la oportunidad de presenciarlas. Hay un aspecto omnipresente en todos los relatos: la profunda huella que Bizancio había dejado en Rusia y que resistía a pesar de la creciente influencia de la Europa occidental en el Imperio de los zares.
Verónica Gijón Jiménez
Notas
1. C. de Grève, Le voyage en Russie: anthologie des voyageurs français aux XVIIIe et XIXe siècles, Paris, 1990, pp. VIII-XXI.
2. F. Lepeyre, Les roman des voyageuses françaises (1800-1900), Paris, 2007, p. 217.
3. M. Liesse, P. Dulau, “Trois artistes lorrains à Saint-Petersbourg au XVIIIe siècle ”, en J. P. Pousson, A. Mezin e Y. Perret-Gentil dir., L’influence Française en Russie au XVIII siécle, Paris, 2004, pp. 148-157. Sobre el viaje a Rusia de Falconet y todo lo referente a la construcción de la escultura de Pedro I, consultar en el mismo volumen el artículo de M. Pinaud-Sørensen, “L’expansion de l’art français en Russie au XVIIIe siècle. Etienne Maurice Falconet et la statue de Pierre le Grand”, pp. 111-130.
4. Marie-Anne Collot Falconet: Escultora francesa –1748-1831–. A la edad de 18 años se fue a Rusia con su maestro, que había recibido el encargo de una estatua ecuestre de Pedro el Grande. En Rusia pronto se impuso su talento. Contrajo matrimonio en 1777 con el hijo de su maestro, Pierre Etienne Falconet, un mediocre pintor que le dio problemas durante gran parte de su vida. A. Jourcin y Ph. Van Tieghen, Dictionnaire des femmes célebres, Paris, 1969. Conocemos los detalles de la vida de esta artista gracias a la correspondencia de su maestro con Catalina II y Diderot.
5. M. Liesse, op. cit., pp. 148-157.
6. Louise Elisabeth Vigée-Lebrun –1755-1842–, Hija de un pintor de cierto renombre empezó a pintar muy joven. Pronto recibió encargos de la nobleza y comenzó a frecuentar el medio aristocrático. En 1776 se casó con el pintor Lebrun. En 1779 pintó el primer retrato de María Antonieta y recibió el título de pintora de la reina. Se exilió a causa de la revolución francesa. En 1802 regresó a París y al año siguiente la admitieron en La Real Academia de Pintura y Escultura. También viajo a Londres, donde retrató a Lord Byron y al Príncipe de Gales. Después fue a Suiza, donde pintó el retrato de Madame de Staël como Corine. L. Mazenod, G. Schoeler, Dictionnaire de la femme célèbre de tous les temps et de tous les pays, Paris 1992, pp. 891-892.
7. L. E. Vigée-Lebrun, Souvenirs de madame Louise Elisabeth Lebrun, I, Paris, 1835, pp. 50 -192.
8.
Anne-Louise-Germaine Necker (1766-1817) Mujer de letras suiza. Hija del banquero Genovés y ministro de Luis XIV, Jacques Necker. Conoció a las celebridades del Antiguo Régimen en los salones organizados por su madre. Se casó con el embajador de Suecia en Francia el Barón de Staël-Holstein. Durante la Revolución Francesa quiso jugar un papel importante y apoyó a los realistas constitucionalistas, por lo que en 1792 se tuvo que exiliar en Inglaterra. A su vuelta a Francia exaltó la república, pero Napoleón la vio como una amenaza y comenzó a tomar medidas contra ella, como la declaración de su obra Delfine como inmoral. En 1803 se exilió y viajó por Alemania, Italia, Rusia y Suecia. Se cree que sus discusiones con el Zar Alejandro I influyeron en su decisión de luchar contra Napoleón.
9. L. E. Vigée Lebrun, op. cit., II, pp. 256-259.
10.
M. Allenov, N. Dimitrieva y O. Medvekova, “Arte Ruso”, en Summa Artis XLIV, pp. 211-297
11. L. E. Vigée Lebrun, op. cit., II, pp. 264-265 y 296.
12. Ibíd., p.273-274
13.
Ibíd., p. 353-365
14. Ibíd., III, p. 79-94
15.
A. L. G. Necker, « Dix années d’exil », en A. L. Bon de Staël. Holstein ed., Ouvres complètes de Mme la Baronne de Staël, Paris, 1821, X , pp. 247-256.
16. El ejército de Napoleón entró en Rusia el 12 de agosto de 1812, dos días antes de que Staël entrara en el país. Moscú fue tomada el 2 de septiembre de ese mismo año. La autora visitó Moscú un mes antes de la llegada de los franceses y del incendio. A. Markoff, Historia de Rusia, Barcelona, 1941, pp. 155-159.
17.
A. L. G. Necker, op. cit., pp. 258, 278-288
18.
Ibíd., p. 296
19.Ibíd., p.298
20. La Catedral de Nuestra Señora de Kazán fue mandada construir por Pablo I en 1801. En ella intervinieron los arquitectos A. S. Stroganov y A. Voronikin, uno de los arquitectos rusos más importantes del siglo XIX. M. Allenov, N. Dimitrieva y O. Medvekova, op. cit. pp. 368-369.
El convento de Alejandro Nevski fue fundado por orden de Pedro I en 1710, en el lugar donde según la tradición el príncipe ruso Alejandror de Novgorod o Nevski derrotó a los suecos en 1240.
M. Sánchez Puig, Guía de la Cultura Rusa, Madrid, 2004, p. 217
21. A. L. G. Necker, op. cit., pp. 296-310.
22. Louise Fusil –1774-1848–. Nació en Stuttgart pero fue educada en Menz. Desde muy pequeña tuvo actitudes para el canto. Se casó con un comediante a los 17 años. Trabajó en la Comedie Française y en el Theâtre des Éleves de l’Opera cantando Ópera Buffa. En 1806 decide buscar fortuna en el extranjero y comenzó una gira que la llevó a Rusia. En 1812 vivió el incendio de Moscú, de donde huyó con las tropas francesas. En 1817 publicó un folleto contando sus experiencias durante el incendio de Moscú y su huída. En 1841 publicó sus Memorias. Murió siete años después en la más absoluta pobreza. C. d’Arjuzon, “Bibliographie de Louise Fusil”, en L. Fusil, Souvenirs d’une femme sur la retraite de Russie, Paris, 1911, pp. 1-15.
23. L. Fusil, Souvenirs d’une femme sur la retraite de Russie, Paris, 1911, pp. 169-178.
24.
Ibíd., pp. 181-206
25.
Fusil da a entender en su relato que Napoleón destruyó el Kremlin, pero su intento fue fallido ya que sólo destruyó la torre del Agua, la torre de Pedro I y el campanario de Iván el Grande. La torre del San Nicolás y el arsenal sufrieron daños. A. Jamtsov, A. Goncharova et alii., El Kremlin: Monumentos históricos y obras de arte del Kremlin de Moscú, Moscú, 1968, p. 8.
26.
Según la descripción de la autora, la ciudad estuvo ardiendo durante varios días en los que las bombas incendiarias eran lanzadas continuamente. Fusil asegura que Napoleón no se alojó en el Kremlin porque temía que estuviera minado. Algunos especialistas aseguran sin embargo que en un primer momento se alojó en el Kremlin, pero lo dejó cuando empezó el incendio. L. Fusil, L’Incendie de Moscou, La petite orpheline de Wilna, Passage de la Bérésina et retraite de Napoléon jusqu'à Wilna, París, 1817, pp. 1-13. Sobre la ocupación de Moscú por Napoleón ver: A. Markoff, op. cit., pp. 155- 159.
27.La huída del ejercito de Napoleón fue muy dura por las bajas temperaturas que alcanzaron -38º. A esto había que añadir que estaban acorralados por el ejército ruso. De los 450.000 hombres que formaban la armada de Napoleón sólo sobrevivieron 50.000. Ibíd., pp. 160-161.
28.L. Fusil, 1817, op. cit., pp. 16-49.
29.
Lise Christiani –1827-1853–, Con tan solo 20 años había conseguido el titulo de violonchelista del rey de Dinamarca. En 1845 Mendelsohn escribió para ella, la Canción sin palabras Opus 109, para violoncello y piano. A. Jourcin y Ph. Van Tieghen, op. cit., p. 423.
30. E. Charton Dir. “Voyage dans la Sibérie orientale. Notes extraites de la correspondance d’une artiste (Mlle Lise Cristiani)”, en Le tour du Monde, 7 (1863), pp. 386.
31. Los chinos eran mayoría en Kiancha y sus alrededores, por su laboriosidad estaban llegando a dominar la región, a pesar de que sufrían continuos ataques de los cosacos. V. Starkoff, La Siberie, Paris, 1899, p. 22
32. Ibíd., pp. 387-390.
33. Los buriates son una tribu nómada de etnia mongol, que viven en la región Transbaikal. En la segunda mitad del siglo XIX, representaban un tercio de la población de esta región. V. Starkoff, op.cit., pp. 21.
34. Ibíd., 389-392.
35.
La conquista del Amur fue obra del conde Mourawieff, con el que viajaba Cristiani. Como gobernador de la Siberia Occidental, se dio cuenta de la importancia de controlar la desembocadura de los ríos. Bajo la dirección del marino Novelski, encontró la desembocadura del Amur y fundó el fuerte de Nikolaïevski. V. Starkoff, op. cit., pp. 11-12.
36.
Ibíd., pp. 394-398.
37.
El viaje de Cristiani hacia Yarkutsk fue especialmente penoso debido a las bajas temperaturas que en esa zona alcanzan hasta -43º y por la dificultad del terreno, ya que los terrenos por los que pasa el Rio Amur son muy pantanosos. F. Lapeyre, op. cit., p.130
38. E. Charton Dir. op.cit., p. 399.
39.
Ibíd., p. 400.
40.
Ibíd., p. 400
41.
Suzanne Voilquin –1801-1876/77–. Tuvo una educación muy tradicional y muy religiosa pero llegó a despreciar a los hombres, porque todos los que hubo en su vida la decepcionaron. En 1830 entró en contacto con el San-Simonismo y conoció a Enfantin. Fue admitida en el círculo de mujeres Sansimonistas, aunque no llegó a acomodarse debido al espíritu de sumisión a los hombres que reinaba en dicho círculo. En 1834, acudiendo al llamamiento que Enfantin hizo desde Egipto, viajó por toda Francia, para reunir a un grupo de mujeres que quisieran partir a Egipto. Allí aprendió medicina y le dieron un titulo de comadrona. En 1837 volvió a Francia, pero un año después viajó a Rusia con la esperanza de poder ejercer su profesión y se quedó allí hasta 1846. Conocemos su viaje gracias a las cartas que le enviaba a su hermana Adrienne, que vivía en los Estados Unidos. M. Albistur et D. Armogathe, “Bibliographie de Suzanne Voilquin”, en Suzanne Voilquin, Mémoires d’une saint-simonienne en Russie, Paris, 1977, pp. 9-26.
42. Olympe Audouard –1830-1890–. Se casó muy joven pero su matrimonio duró poco. Tras su divorcio dio una serie de conferencias, en las que reclamaba la igualdad entre hombres y mujeres, con lo que se ganó la enemistad del gobierno. Fundó dos revistas Le papillon y La revue cosmopolite. Escribió libros de contenido feminista: Comment aiment les hommes (1862) y Guerre aux hommes (1866). También escribió novelas y libros de viaje. L. Mazenod y G. Schoeller, op. cit., pp. 48-49.
43. M. Allenov, N. Dimitrieva y O. Medvekova, op. cit., p. 392
44.
S. Voilquin, op. cit., pp. 104-108
45.
Ibíd., p. 161-162.
46.
Ibíd., pp. 171-173.
47. Ibíd., pp. 173-175.
48.
O. Audouard, Les Nuits Russes, Paris, 1986, p. 13-14 y 331-335
49.
Ibíd., p. 4
50.
Sobre la fortaleza de Pedro y Pablo ver: San Petersburgo, iglesia de San Pedro y San Pablo en la fortaleza, en Álbum Pintoresco Universal. II, (1842), p. 98-101.
51. Ver nota 21
52.
Ibid., pp. 308-316
53. Ibíd., pp. 322-323
54.
Leonie-Stanislas-Meunier –1852-1940–. Nacida Leonie Levallois. Antes de su matrimonio había sido institutriz. Su marido, Etienne Stanislas-Meunier era un reputado geólogo que publicó numerosas obras científicas. Ella escribía novelas para niños. A partir de 1900 comenzó a escribir en publicaciones católicas y entre 1910 y 1920 realizó numerosas crónicas para Les veilles de chaumieres. También encontramos obras suyas en la colección Bayard de la bonne presse y novelas firmadas con el seudónimo de Thérèse Esnée. Su hija Alice continuó escribiendo para las mismas colecciones. E. Constans, Ouvrieres des lettres, Limoges, 2007, p. 66.
55 L. Stanislas- Meunier, “Voyage d’un congrès en Russie ”, en, Le tour du Monde (1898), pp. 313-361.
56.
L. Stanislas –Meunier, De Saint - Petersburg a L’Ararat, Paris, 1899, pp.1-69
57.
Ibíd., pp. 70-118
58.
Ibíd., pp. 165-188 y 250-320.
59. Thérése Blanc, llamada Theodore Bentzon. –1840-1907– Institutriz, escritora y traductora. Escribió algunos artículos que se publicaron en la revista Deux Mondes. En 1885 fueron reunidos en un volumen titulado Nouveaux romanciers americaines. A. Jourcin, Ph. Van Tieghen, op. cit., p. 31.
60. Th. Blanc, Promenades en Russie, Paris, 1903, pp. 1-63.
61. Se considera a Kiev la madre de todas las Rusias porque fue su primera capital de cierta importancia hacia el siglo X. E. Krakowski, Historia de Rusia, Barcelona, 1960, p. 99.
62. Sobre el santuario de las cuevas de Kiev: M. Sánchez Puig, op. cit., p. 217.
63.
Th. Blanc, op. cit., pp. 96-116.
64.
La batalla de Poltava tuvo lugar en 1709 entre Pedro I y Carlos XII de Suecia. La victoria de Pedro I le permitió dominar las tierras del Neva y así asegurar la que sería su nueva capital, San Petersburgo. P. Pascal, Historia de Rusia hasta 1917, Barcelona 1950, p. 73.
65.
Ibíd., pp. 110-165.
66.
Juliette Adam –1836-1936– Mujer de letras francesa. Estuvo toda su vida muy implicada en política. Tras un primer divorcio se casó con un diputado de la extrema izquierda, ella se inclinó por esta ideología en su juventud. Para expresar sus propias opiniones en política fundó la Nouvelle revue. Con el tiempo sus posiciones fueron girando hacia el conservadurismo, el belicismo y antisemitismo, pero siempre estuvo presente en sus ideales un profundo nacionalismo. Siempre soñó con dejar un nombre y una obra literaria a la posteridad, dejó cerca de 50, entre las que se encuentran Idées antiproudhoniennes (1858) o Païenne (1883). Cuando murió, casi centenaria, encarnaba los valores del pasado y sus luchas no eran las del siglo XX, por eso su figura ha sido casi borrada de la historia. B. Adde, F. Beautier, G. Bonneville, Et c’est moi, Juliette, Alentour, 1988, pp. 1-21
67.
J. Adam, Impresions françaises en Russie, Paris 1912, pp.
68.
La guerra de Crimea tuvo lugar entre 1853 y 1856. En ella se enfrentaron por el control del mar Negro, Rusia y una alianza formada por Francia, Inglaterra y Turquía. La guerra terminó con la batalla de Sebastopol, que sufrió un asedio por parte de los aliados. Ante esta situación el Zar Nicolás I se vio obligado a firmar la paz. A. Markoff, op. cit., p.173
69.
En su madurez León Tolstoi sufrió una crisis espiritual. Al principio se refugió en la religión, pero pronto dudo de ella. Tolstoi abandonó la práctica religiosa y escribió su obra Confesión, en la que rechaza toda su vida pasada. Después de una larga búsqueda, salió de la crisis y comenzó a construir una fe propia, libre de las injusticias de la religión ortodoxa. Escribió una serie de ensayos en los que arremetía contra todo tipo de injusticia, en uno de ellos Resurrección, publicado en 1889, criticó a las instituciones eclesiásticas y fue excomulgado por ello. No es de extrañar que la conservadora Juliette Adam encontrara perniciosa la ideología de Tolstoi, pero ya hemos visto como Thérèse Blanc tenía una opinión diferente. Consideraba la excomunión de Tolstoi injusta y lamentaba de que Tolstoi influyera tan poco en su propio país. I. Búnin, La redención de Tolstoi, Barcelona, 1943, pp. 5-20. J. Bravo Castillo, “La influencia de Tolstoi en la Revolución Rusa”, en M. Cortés Arrese y J. A. Mancebo Roca eds., El país de Octubre, Murcia, 2007, pp. 15-20
70. J. Adam, op. cit., pp. 64-212.
Ilustraciones
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Vista del Monumento a Pedro I y Senado, San Petersburgo, Historia de Rusia, 1839 |
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Vista panorámica del palacio Tsarkoie Sélo, San Petersburgo, Historia de Rusia, 1930 |
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Vista general del Kremlin, Moscú, Europa Pintoresca II, 1883 |
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Vista del Neva en San Petersburgo, Historia de Rusia, 1930 |
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Arco triunfal, Moscú, Álbum pintoresco universal III, 1843 |
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Detalle del Kremlin, Moscú, Portefeuille du jeune amateur. De la nature, de l’histoire et de l’art II, 1839 |
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